miércoles, 13 de julio de 2022

Marxismo y positivismo; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«Este capítulo, el cual lo consideramos como uno de los más importantes, servirá para abordar y fulminar de una vez por todas la típica acusación hacia el marxismo de que este no ha dejado de ser, en lo fundamental, sino una variante del positivismo; o como mínimo que siempre ha estado íntimamente contaminado por él. Para tal tarea hemos considerado imprescindible indagar debidamente sobre los orígenes del polémico «positivismo» y reflexionar en torno a principios fundacionales. Pero no solo nos quedaremos ahí, sino que será menester realizar también una comparación con las propuestas y pensamientos de los marxistas, así como conocer qué opinión les merecía este dichoso movimiento. 

Los temas a abordar serán los siguientes: 1) orígenes y antecedentes del positivismo; 2) la ley de los «tres estadios» de Comte y su concepto de «progresión»; 3) el método inductivo y el método deductivo; 4) el enfoque metafísico en la teoría del conocimiento; 5) el intento mecánico de trasplantar los métodos de las ciencias naturales a las ciencias sociales; 6) la sociología positivista y sus recetas reaccionarias; 7) las nociones y métodos de la historiografía positivista; 8) el lema «orden y progreso» como eje para la economía política; 9) los intentos de conciliar ciencia y religión; 10) los revisionistas del siglo XIX y los intentos de reconciliar el positivismo y el marxismo; y por último, en los apartados 11) y 12), daremos unas notas finales sobre la nada novedosa acusación de los «reconstitucionalistas» de que el marxismo nunca superó el positivismo.


Orígenes y desarrollos del positivismo

«En este momento estudio a Comte, visto que franceses e ingleses organizan tanto ruido en torno al tipo. Lo que les deslumbra es su aspecto enciclopédico, la síntesis. Pero es lamentable comparado con Hegel −aunque Comte, en tanto que matemático y físico resulta superior por su profesión, quiero decir superior en el detalle, Hegel, incluso en eso, es infinitamente más importante en su conjunto−. ¡Y toda esta mierda del positivismo apareció en 1832!». (Karl Marx; Carta a Friedrich Engels, 7 de julio de 1866)

En cuanto al polémico «positivismo», creado por Auguste Comte (1798-1857), se puede decir que fue el clásico movimiento filosófico que en su día tuvo grandes pretensiones de «superar el idealismo y el materialismo», como luego intentarían el «raciovitalismo» de Ortega y Gasset y otros, aunque con el mismo poco éxito. Sus preceptos penetraron hasta el tuétano en ámbitos como historia, geografía, sociología, física, biología, arqueología y demás, lo que causó una exasperación entre las escuelas tradicionales y entre los grupos no conformes con el nuevo statu quo que este estableció. Y aunque hoy parezca estar de capa caída, lo cierto es que en su momento el positivismo llegó a ser hegemónico en la mayoría de países capitalistas occidentales, aunque, en honor a la verdad, hay que reconocer que, en buena parte, el positivismo original se entremezcló con derivaciones y sucedáneos, como lo fueron el «evolucionismo» de Spencer o el «pragmatismo» de James. Esto significó que a veces ha resultado verdaderamente complejo analizar cuál fue la principal fuente deudora de ese pensamiento imperante. Si el lector desea ejemplos concretos de la epidemia que ha sido el positivismo, recomendamos echar un vistazo a nuestros documentos críticos en torno a las instituciones oficiales, especialmente aquellas relacionadas con el ámbito educacional. Véase el capítulo: «¿Buscamos adoctrinar, debemos ser tendenciosos en nuestra educación?» (2021).

Los marxistas de mediados del siglo XX no solo no simpatizaban con el positivismo, sino que se esforzaban en aclarar que este no tenía mucho que ver con el materialismo filosófico, ya que por su agnosticismo y falta de contundencia debía ser calificado como una especie de «idealismo vergonzante»:

«El positivismo no fue un materialismo. La identificación del positivismo con el materialismo es un desorden desencadenado por la Iglesia y los filósofos idealistas, que buscaron desacreditar el materialismo a través del positivismo». (Georges Politzer; Después de la muerte de Bergson, 1941) 

Los filósofos soviéticos enfatizaban cómo los académicos de las universidades de Oxford y Cambridge habían perpetuado y matizado el viejo positivismo para prolongar su vida:

«Este positivismo científico ha sido popularizado en los últimos años por Eddington, Bertrand Russell y otros en ciencia, y por Durkheim y Levy Bruhl en sociología. Como bien discernió Lenin, abre de par en par la puerta al solipsismo y la superstición y los teólogos la han aprovechado con entusiasmo para apuntalar el irracionalismo y el sobrenaturalismo». (M. Shirokov; Un manual de filosofía marxista, 1937)

Esto es entendible, en las postrimerías del siglo XIX y XX el pensamiento positivista iba como anillo al dedo a los gobernantes. Lo mismo servía para apoyar las carnicerías coloniales que los programas eugenésicos, todo bajo el halo de estar operando estrictamente bajo las evidencias de la «ciencia»; o en su defecto relativizando los aspectos negativos y enormes sacrificios que causaban estos proyectos en pro del presunto «progreso general». Para que el lector nos entienda, si el «posmodernismo» del siglo XX fue una filosofía irracional con la que se pretendía «transgredir lo establecido» pero sin trastocar nada, el «positivismo», fue, más bien al contrario, era una fórmula pretendidamente «racional» para justificar o relativizar el sistema político imperante, para «reformarlo lógicamente», sin demasiadas conmociones. Ambas se presentaron, en mayor o menor medida como «transformadoras». Por esta razón ambas siguen siendo a su manera herramientas útiles, engañabobos de los que se valen los poderosos.

Si bien esto valdría para dar por finalizada la discusión y considerar derrotados a nuestros «reconstitucionalistas», uno podría argumentar algo como que: «Aunque Marx y Engels se opusieran en apariencia al positivismo, estos podrían haber tomado prestadas sus concepciones bajo otro disfraz sin que lo supieran. ¿Acaso no creía Feuerbach con su materialismo haber superado al idealismo mientras que en sus concepciones caía en él múltiples veces?». ¡En efecto! Por tal motivo vayamos más allá… analicemos y contrapongamos sin miedo el positivismo y sus fundamentos, a ver hasta qué punto son compatibles con el marxismo. ¿Nos acompañan?

jueves, 23 de junio de 2022

¿Bajo qué argumentos se niega el carácter científico del marxismo?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022


«Cuando se afirma que «el marxismo-leninismo es ciencia», muchos entran en pánico, otros se atragantan, y otros sonríen malévolamente. A nosotros también nos divierte escuchar los argumentarios que existen para desechar tal obviedad confirmada diariamente. En realidad, como cada uno da su definición de «marxismo-leninismo» y «ciencia», esto resulta algo así como cuando Yahvé castigó a los trabajadores de la Torre de Babel haciendo que cada uno hablase en un idioma diferente. Por esto, antes de continuar con un debate así de estéril, lo primero es aclarar conceptos para saber de qué hablamos en cada momento. Veamos una de las definiciones de «ciencia» que nos otorgaron los filósofos soviéticos en época de Stalin:

«Ciencia: La suma, el conjunto de los conocimientos sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, acumulados en el curso de la vida histórico-social. «…el objetivo de la ciencia consiste en dar un exacto... cuadro del mundo» (Lenin). La ciencia tiende a describir el mundo, no en la variedad aparentemente caótica de sus diversas partes, sino en las leyes, que trata de hallar, con arreglo a las cuales se rigen los fenómenos: tiene por objeto explicarlos. En todos los dominios del conocimiento, la ciencia nos revela las leyes fundamentales que rigen dentro del aparente caos de los fenómenos. La ciencia se desarrolla y avanza con la evolución de la sociedad; su progreso consiste en que llega a reflejar la realidad cada vez más profunda y exactamente. Como una de las formas de la actividad ideológica, la ciencia nace sobre la base de la actividad práctica productiva de los hombres. En cada etapa de la historia, representa el grado alcanzado hasta entonces en cuanto al conocimiento de las leyes de la realidad y está orientada hacia el cambio del mundo, es decir, hacia el dominio y utilización de las fuerzas de la naturaleza y hacia el cambio de las relaciones sociales». (Mark Rosental y Pavel Yudin; Diccionario filosófico, 1940)

A su vez, por «marxismo-leninismo», estos entendían «la teoría del movimiento de emancipación del proletariado». Dicha teoría estaría formada por «la filosofía del marxismo» como herramienta para conocer el mundo y transformarlo. Por esto mismo, entendían que por «filosofía» hemos de comprender simplemente «la ciencia sobre las leyes más generales que rigen el desarrollo de la naturaleza, de la sociedad humana y del pensamiento». ¿Y qué se entendía por «ley»? Pues «La expresión de los aspectos y conexiones más generales, más sustanciales de la realidad material», y por eso, «las leyes científicas expresan con mayor profundidad y plenitud que las percepciones sensoriales directas, el cuadro del mundo objetivo». 

Esta filosofía está dividida en dos grandes bloques generales: a) el «materialismo dialéctico» que «es la ciencia filosófica sobre las leyes más generales del desarrollo de la naturaleza, de la sociedad humana y del pensamiento, la concepción filosófica del partido»; y b) el «materialismo histórico», que «es la aplicación consecuente de los principios del materialismo dialéctico al estudio de los fenómenos sociales». Concluían, pues, que a fin de cuentas «el marxismo es una ciencia creadora», siendo «una teoría revolucionaria, como guía para la acción». (Mark Rosental y Pavel Yudin; Diccionario filosófico, 1940)

Aquí se exponía nítidamente la interrelación entre «filosofía» −o «ciencia del pensamiento», como la denominó Engels en su «Dialéctica de la naturaleza» (1883)− y el concepto de «ciencia» a nivel genérico, es decir, «el conjunto de los conocimientos sobre la naturaleza, la sociedad y el pensamiento, acumulados en el curso de la vida histórico-social». Y, por ende, si por las necesidades de la vida cada ciencia tiene «su tema de investigación particular», es normal que a su vez existan dos grandes bifurcaciones generales −«materialismo histórico» y «materialismo dialéctico»−, como así también toda una serie de ramificaciones concretas −«química», «historia», «biología», «sociología», etcétera−. Esta división se basa en las famosas palabras de Marx y Engels en «Ideología alemana» (1846) sobre la ciencia, donde habría que estudiar la historia del hombre y la historia de la naturaleza. Por tanto, hablamos de que el marxismo-leninismo es un movimiento político con una teoría para alumbrar la práctica, y que esta se vale de diversas ciencias generales y particulares como palancas, tanto para enfocar de forma concreta y precisa los distintos fenómenos, como también para sistematizar sus resultados. Es decir, se organizan distintas graduaciones del saber no por capricho, sino por la misma «diversidad» −grados o estratos− de la materia. De esta manera, por poner un ejemplo, el «materialismo histórico» estudia, como ciencia más general de lo social, los aspectos globales, abstractos, sus leyes fundamentales, mientras que la «historia», como ciencia más concreta, más determinada en lo cronológico, está mucho más limitada al acontecer de la sucesión de los hechos y cuenta con leyes más acotadas a esa esfera que explican dicha causalidad.

Aclaraciones y notas sobre el materialismo histórico

A continuación, expondremos un ejemplo básico de la vida diaria para comprobar cómo se manejan estos conceptos, y qué relación establecen entre sí. La «economía», la «prehistoria», la «arqueología» o la «historia», como ciencias sociales, nos permiten descubrir cómo y en qué época la moneda llegó a la Península Ibérica, con las colonias de Emporion y Rode, así como su impacto en las poblaciones indígenas de alrededor. Por otro lado, el «materialismo histórico», con todo su conocimiento acumulado más genérico, nos ayuda a detectar que, al igual que ocurrió en otras sociedades análogas, la introducción de la moneda contribuyó enormemente a cambiar la fisonomía de la sociedad, siendo, en este caso, una fuerza motriz en el cambio socioeconómico radical que sufrieron estos pueblos ibéricos, influenciando a su vez en otras formas psicológicas, nuevos modelos artísticos, militares, diferentes comportamientos y convenciones sociales, etcétera. 

miércoles, 15 de junio de 2022

¿Qué pensaba Plejánov sobre la irrupción de Bernstein, sus pretensiones y el apoyo que recibía de los detractores del marxismo?

«Lo mismo podría decirse del libro del señor Bernstein: todo en él es disparate y sonido de palabras huecas, pero precisamente es esta variedad la que induce a melancólicas reflexiones en el atento lector. En todo lo referente a cuestiones teóricas, el señor Bernstein se muestra el más débil entre los débiles. ¿De qué manera ha podido ocupar en el curso de muchos años uno de los puestos teóricos más conspicuos dentro del partido? Habría que meditar sobre ello. Y no es fácil encontrar una respuesta que nos deje tranquilos. Otra cuestión no menos importante: según el señor Bernstein tan sólo subsisten unos débiles vestigios del socialismo. En verdad, Bernstein está mucho más cerca de los partidarios pequeño burgueses de las «reformas sociales» que de los socialdemócratas revolucionarios. A pesar de esto, sigue siendo un «camarada» y nadie le ha pedido que se vaya del partido. Esto se explica, en parte, por una errónea actitud hacia la libertad de opinión, muy difundida a la sazón entre los socialdemócratas. Ellos dicen: «¿Cómo es posible expulsar a un hombre del partido por culpa de sus opiniones? Esto equivale a una persecución por herejía». Las personas que razonan de este modo olvidan que la «libertad de opinión» debe realizarse siempre a través de la libertad de asociación y de disolución, y que esta última libertad no existe cuando un prejuicio fuerza a marchar juntas a personas que deberían estar separadas debido a sus divergencias. Este razonamiento erróneo explica de manera parcial el hecho de que el señor Bernstein no ha sido expulsado del Partido Socialdemócrata alemán. No lo ha sido, porque sus nuevos puntos de vista son compartidos por un número considerable de otros socialdemócratas. Por causas que no podemos analizar detenidamente en este artículo, el oportunismo ha ganado muchos seguidores en las filas de la socialdemocracia en varios países. Y en esta difusión del oportunismo radica el mayor peligro entre todos los que nos amenazan en la actualidad. Los socialdemócratas que han seguido fieles al espíritu revolucionario del programa partidario –y afortunadamente casi en todas partes constituyen mayoría– cometerían un error insalvable si no tomaran a tiempo medidas decisivas para combatir este peligro. El señor Bernstein, aislado, no sólo no inspira temores sino que es francamente cómico, un personaje que muestra una desopilante semejanza con el filosófico Sancho Panza. Pero el espíritu del «bernsteinismo» es aterrador como síntoma de una posible claudicación. (...) La pésima traducción del lamentable libro del señor Bernstein ya ha tenido dos ediciones «legales». Probablemente no tardará mucho tiempo en salir la tercera. No hay de qué asombrarse. Cualquier «crítica» del marxismo o parodia del mismo –siempre que esté imbuida del espíritu burgués– halagará indefectiblemente a ese sector de nuestros marxistas legales que representa la parodia burguesa del marxismo». (Gueorgui Plejánov; Cant contra Kant o el legado espiritual del señor Bernstein, 1901) 

martes, 17 de mayo de 2022

¿Es cierto que el marxismo menosprecia o cercena el papel del hombre en la historia?; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

[Post publicado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]

«En este apartado abordaremos las clásicas polémicas contra el marxismo, como acusarle de «infravalorar o limitar la actividad trasformadora del hombre»; de plantear que no tiene sentido aquello de que «el ser social determina la conciencia social»; o que «aquello de base y superestructura» es «mecanicista» y «no puede explicar nada», como en su día mantuvieron diversos pensadores, tanto famosos como poco conocidos −Barth, Bernstein, Jaurès, Thompson, Sacristán, Astrada o Montserrat, entre otros−. Aprovechando la ocasión, esto nos servirá para indagar en cómo los discípulos de Marx y Engels se enfrentaron a este tipo de desafíos que sus adversarios lanzaban una y otra vez, por lo que rescataremos los textos clásicos de los Kautsky, Mehring, Labriola, Lafargue, Plejánov o Lenin contra sus adversarios y falsos aliados. Esto será propicio para comprobar que el revisionismo no tiene nada que ofrecer salvo una cabezonería que consiste en la repetición de las viejas habladurías y deseos febriles en donde se toma a la realidad no como es, sino como le gustaría que fuese −lo que les impide aceptarla, conocerla y transformarla−. Una vez repasemos los fundamentos −y no los supuestos− del materialismo histórico, abordaremos esos intentos de sustituir lo que es un conocimiento sosegado de la realidad −a fin de actuar sobre ella− por esa baldía filosofía que se «autoconoce» y «traspasa» todos los límites, algo que bien podría ser firmado por el mismísimo Schopenhauer o Nietzsche.

Paul Barth y su crítica al «economicismo» de Marx y Engels

Sin duda uno de los objetivos de los «marxistas de segunda generación», como Lafargue, Mehring, Kautsky, Plejánov o Labriola, fue el divulgar −con más o menos acierto y rigor− la obra de Marx y Engels. En suma, con la documentación y explicaciones proporcionadas esta labor debería haber sido suficiente para cerrar el debate artificial sobre si se debe considerar la interpretación histórica de Marx y Engels como un «economicismo» vulgar y mecánico. Sin embargo, esto no ha impedido, cómo era de esperar, que cada cierto tiempo los lacayos de la burguesía hayan repetido las mismas acusaciones contra el llamado «materialismo histórico» una y otra vez. Un buen ejemplo de ello es la tesis que presentó Juan Domingo Sánchez Estop en un seminario de filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, en donde consideró que, en Marx:

«El sentido de la historia se halla predeterminado. Lo cual significa colocar el pretendido determinismo marxista dentro de una teleología histórica universal. La acción de los individuos se halla determinada por la producción material de su existencia. Lo cual equivale a establecer como tesis marxista, no ya un determinismo teleológico sino un determinismo de la causa eficiente de carácter mecanicista». (Juan Domingo Sánchez Estop; Determinismo e historia en Karl Marx, 1984)

Sin embargo, antes que él, ya hubo muchas otras falsas eminencias que repitieron toda esta ristra de sin sentidos, demostrando no haber dedicado un solo minuto a estudiar la obra del autor en cuestión. En su momento, los marxistas de la época ya se encargaron de aclarar varias de estas cuestiones:

«Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. (…) Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta −las formas políticas de la lucha de clases y sus resultados, las constituciones que, después de ganada una batalla, redacta la clase triunfante, etc., las formas jurídicas, e incluso los reflejos de todas estas luchas reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas, las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema de dogmas− ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores. (…) De otro modo, aplicar la teoría a una época histórica cualquiera sería más fácil que resolver una simple ecuación de primer grado». (Friedrich Engels; Carta a J. Bolch, 22 de septiembre de 1890)

Este comentario ya valdría para cerrar todo el debate sobre si el materialismo histórico de Marx y Engels es un «determinismo económico extremo», de si «reduce la voluntad de los hombres a cero», y otras chorradas que tanto se han repetido cíclicamente. Solamente por el interés supremo del lector, y para constatar la poca originalidad de nuestros críticos, seguiremos con la exposición.

En 1890, en una conocida emisiva, Friedrich Engels respondió a Konrad Schmidt en torno a las diversas opiniones que últimamente venían vertiéndose sobre el materialismo histórico, especialmente aquella acusación que aseguraba que este método «ignoraba el papel que ejercía en las sociedades la política, la moral, la legislación, la psicología y demás», pues «solo tenía en cuenta la economía». En virtud de esto, contestó a su allegado que si este tipo de críticos, como Paul Barth, deseaban comprobar si tal cosa era verdad, podían empezar por revisar de primera mano su literatura. Ahora, otra cosa muy diferente era que estas afirmaciones no fuesen un lamentable malentendido, sino una campaña de difamación calculada con premeditación y alevosía:

«Por tanto, si Barth cree que nosotros negamos todas y cada una de las repercusiones de los reflejos políticos, etc., del movimiento económico sobre este mismo movimiento económico, lucha contra molinos de viento. Le bastará con leer «El 18 de brumario de Luis Bonaparte» (1852), de Marx, obra que trata casi exclusivamente del papel especial que desempeñan las luchas y los acontecimientos políticos, claro está que dentro de su supeditación general a las condiciones económicas. O «El Capital» (1867), por ejemplo, el capítulo que trata de la jornada de trabajo, donde la legislación, que es, desde luego, un acto político, ejerce una influencia tan tajante. O el capítulo dedicado a la historia de la burguesía. Si el poder político es económicamente impotente, ¿por qué entonces luchamos por la dictadura política del proletariado?». (Friedrich Engels; Carta a Konrad Schmidt, 27 de octubre de 1890)

Franz Mehring, en su conocida obra «Sobre el materialismo histórico» (1893), recogió las quejas de Paul Barth, filósofo, sociólogo e historiador que ejerció como docente en la universidad de Leipzig. Él continuó insistiendo en que el método de Marx era «muy indeterminado» y que «solo ocasionalmente explica y fundamenta con algunos pocos ejemplos en sus escritos». Pero su reticencia principal residía en que, a su parecer, no existía «tal primacía de la economía sobre la política». Engels consideró muy positivamente este trabajo de su amigo Mehring, pues destruía las ridículas nociones del señor Barth, quien aún se encontraba anclado en los relatos idealistas que trataban de explicar las cruzadas en Oriente Medio (S. XI-XIII), o las cruzadas bálticas (S. XII-XIII), por meras motivaciones ideológicas como el «fervor religioso»:

«Las verdaderas fuerzas propulsoras que lo mueven, permanecen ignoradas para él; de otro modo, no sería tal proceso ideológico. Se imaginan, pues, fuerzas propulsoras falsas o aparentes. Como se trata de un proceso discursivo, deduce su contenido y su forma del pensar puro, sea el suyo propio o el de sus predecesores. Trabaja exclusivamente con material discursivo, que acepta sin mirarlo, como creación, sin buscar otra fuente más alejada e independiente del pensamiento; para él, esto es la evidencia misma, puesto que para él todos los actos, en cuanto les sirva de mediador el pensamiento, tienen también en éste su fundamento último». (Friedrich Engels; Carta a Franz Mehring, 14 de julio de 1893)

De hecho, el trabajo de investigación histórica de Mehring fue tan fructífero en esos años que también tuvo tiempo de analizar otros conflictos, como la famosa Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En su obra «Gustavo Adolfo II de Suecia la Guerra de los Treinta Años y la construcción del Estado alemán» (1894), expuso una vez más cómo musulmanes, calvinistas, católicos y protestantes se aliaron y se traicionaron mutuamente, siendo el «fervor religioso» un motivo secundario para que los emperadores y príncipes declarasen la guerra o tejiesen alianzas, y la prueba está en que muchos de ellos no tenían problema en cambiar de fe si con eso aseguraban sus posesiones y privilegios. Esto no quiere decir, como algunos han malinterpretado, que toda ideología −política, filosófica, religiosa u otra− sea «falsa» y que no debemos preocuparnos lo más mínimo por estudiar su origen o combatir su influencia. Nada que ver. La ideología, como forma de conciencia social, es el reflejo de unos intereses materiales, y sin hallar estos condicionantes, no podemos comprender las propias ideas y su propia idiosincrasia, especialmente cuando más nos alejamos en el tiempo. Qué cercanas o lejanas estén dichas ideas de la realidad −y a quién representen−, es otro tema, como luego veremos.

lunes, 9 de mayo de 2022

Engels: «Para entender el cuadro general hay que estudiar las partes»

«Si nos paramos a pensar sobre la naturaleza, sobre la historia humana, o sobre nuestra propia actividad espiritual, nos encontramos de primeras con la imagen de una trama infinita de concatenaciones y mutuas influencias, en la que nada permanece en lo que era, ni cómo y dónde era, sino que todo se mueve y cambia, nace y perece. Vemos, pues, ante todo, la imagen de conjunto, en la que los detalles pasan todavía más o menos a segundo plano; nos fijamos más en el movimiento, en las transiciones, en la concatenación, que en lo que se mueve, cambia y se concatena. Esta concepción del mundo, primitiva, ingenua, pero esencialmente justa, es la de los antiguos filósofos griegos, y aparece expresada claramente por vez primera en Heráclito: todo es y no es, pues todo fluye, todo se halla sujeto a un proceso constante de transformación, de incesante nacimiento y caducidad. Pero esta concepción, por exactamente que refleje el carácter general del cuadro que nos ofrecen los fenómenos, no basta para explicar los elementos aislados que forman ese cuadro total; sin conocerlos, la imagen general no adquirirá tampoco un sentido claro. Para penetrar en estos detalles tenemos que desgajarlos de su entronque histórico o natural e investigarlos por separado, cada uno de por sí, en su carácter, causas y efectos especiales, etc. Tal es la misión primordial de las ciencias naturales y de la historia, ramas de investigación que los griegos clásicos situaban, por razones muy justificadas, en un plano puramente secundario, pues primeramente debían dedicarse a acumular los materiales científicos necesarios. Mientras no se reúne una cierta cantidad de materiales naturales e históricos, no puede acometerse el examen crítico, la comparación y, congruentemente, la división en clases, órdenes y especies. Por eso, los rudimentos de las ciencias naturales exactas no fueron desarrollados hasta llegar a los griegos del período alejandrino, y más tarde, en la Edad Media, por los árabes; la auténtica ciencia de la naturaleza sólo data de la segunda mitad del siglo XV, y a partir de entonces, no ha hecho más que progresar constantemente con ritmo acelerado. El análisis de la naturaleza en sus diferentes partes, la clasificación de los diversos procesos y objetos naturales en determinadas categorías, la investigación interna de los cuerpos orgánicos según su diversa estructura anatómica, fueron otras tantas condiciones fundamentales a que obedecieron los progresos gigantescos realizados durante los últimos cuatrocientos años en el conocimiento científico de la naturaleza». (Friedrich Engels; Del socialismo utópico al socialismo científico, 1880) 

jueves, 28 de abril de 2022

La terrible disociación entre la teoría y la práctica y sus consecuencias; Equipo de Bitácora (M-L), 2022

[Editado originalmente en 2022. Reeditado en 2026]

Por cuestiones obvias, consideramos este capítulo uno de los más importantes de nuestro documento. 

a) La «Línea de Reconstitución» y sus sofismas lukacsianos sobre la «praxis»;

b) La LR propone superar el eslogan «¡Estudiar, hacer propaganda, organizar!»;

c) ¿Por qué el revisionismo siempre termina infravalorando y despreciando la «teoría»?;

d) La cruzada contra el «teoricismo», o el señor Galindo luchando contra molinos de viento; 

e) «¡La ignorancia nunca ha ayudado a nadie!»;

f) La interrelación entre teoría y práctica según el socialismo científico;

g) Aclaraciones finales sobre la unidad entre teoría y práctica. 

La «Línea de Reconstitución» y sus sofismas lukacsianos sobre la «praxis»

Entiéndase que, entre medias, nos veremos obligados a clarificar conceptos variopintos como: «teoría», «abstracción», «práctica» o «praxis», entre otros; confirmándose, como vimos en entregas anteriores, que no se puede hacer un culto a las palabras (*). Esto demostrará que los sujetos, aun estando separados por otras épocas, distintas lenguas y diferentes culturas filosóficas, y aunque no manejen exactamente los mismos términos, esto muchas veces no les ha impedido entender y actuar de forma análoga. 

Aquí de nuevo tomaremos a la «Línea de Reconstitución» (LR) por ser un buen representante de una o varias desviaciones típicas, lo cual nos servirá una vez más como hilo conductor para explicar las cosas. Ahora, el lector ha de tener en cuenta que, si se fija con detenimiento, sus concepciones nunca son originales, sino reproducciones de las que muchos grupos de la «izquierda» ya cometían antes de su misma existencia −se presentasen estos como más «radicales» y «revolucionarios», o más «moderados» y «académicos», que lo mismo da−; unos planteamientos que, por otra parte, también heredan hoy muchos de los competidores de la LR, lo que certifica que comparten raíces.

miércoles, 20 de abril de 2022

Labriola: «¿Y qué otra cosa es el pensamiento en el fondo, sino el consciente y sistemático complemento de la experiencia?»

«La mutación en las ideas, hasta la creación de nuevos métodos de concepción, ha venido reflejando paso a paso la experiencia de una nueva vida. Así como ésta, en las revoluciones de estos dos últimos siglos, se ha ido poco a poco despojando de las envolturas míticas, místicas y religiosas a medida que ha ido adquiriendo la conciencia práctica y precisa de sus condiciones inmediatas y directas, así también el pensamiento que resume y teoriza esta vida, se ha despojado á su vez de las presuposiciones teológicas y metafísicas, para encerrarse al fin en esta prosaica exigencia: en la interpretación de la historia es necesario restringirse a la coordinación objetiva de las condiciones determinantes y de los efectos determinados. 

La concepción materialista señala el colmo de esta nueva dirección en el descubrimiento de las leyes histórico-sociales, en cuanto no es un caso particular de una genérica sociología o de una genérica filosofía del Estado, sino el resolvente de todas las dudas y de todas las incertidumbres que acompañan las demás formas de filosofar sobre las cosas humanas, y principio de la interpretación integral de éstas. Es, por consiguiente, cosa fácil, especialmente, como han hecho algunos vulgares criticastros, ir descubriendo los precursores de Marx y de Engels, que por primera vez precisaron los fundamentos de esta doctrina. Jamás se le ocurrió a ninguno de sus secuaces, ni siquiera á los de la observación más estrecha, hacer pasar ti aquellos dos pensadores por fabricantes de milagros. Antes bien, si hay que andar buscando las premisas de la creación doctrinal de Marx y de Engels, no bastará con detenerse en aquellos que llámense precursores del socialismo hasta Saint-Simón y más allá, ni en los filósofos, y especialmente en Hegel, ni en las economistas que declararon la anatomía de la sociedad que produce las mercancías; tendríamos que remontarnos a toda la formación de la sociedad moderna y declarar por último triunfalmente que la teoría es un plagio de las cosas que explica.

Porque, a decir verdad, los precursores efectivos de la nueva doctrina fueron los hechos de la historia moderna, que se ha vuelto perspicaz y reveladora de sí misma desde que se operó en Inglaterra la gran revolución industrial de a fines del siglo pasado, y desde que en Francia se produjo aquella gran laceración social que todos conocemos, cuyas cosas, mutatis mutandis, se han ido después reproduciendo, con diversas combinaciones y formas más benignas, en todo el mundo civilizado. ¿Y qué otra cosa es el pensamiento en el fondo, sino el consciente y sistemático complemento de la experiencia? ¿y qué es ésta, sino el reflejo y la elaboración mental de las cosas y de los procesos que nacen y se desarrollan o fuera de nuestra voluntad o por obra de nuestra actividad? ¿y qué otra cosa es el genio, sino la individuada y consiguiente y aguzada forma de aquel pensamiento que por sugestión de la experiencia surge en muchos hombres de la misma ápoca, pero que en la mayor parte de ellos permanece fragmentario, incompleto, incierto, oscilante y parcial?

Las ideas no caen del cielo, antes bien, como cualquier otro producto de la actividad humana se forman en dadas circunstancias, en tal precisa madurez de los tiempos, por la acción de determinadas necesidades y por las reiteradas tentativas de dar satisfacción a éstas, y con el descubrimiento de tales y cuales medios de prueba, que son como los instrumentos de su producción y elaboración. Las ideas suponen también un terreno de condiciones sociales y tienen su técnica, y el pensamiento es también una forma del trabajo. Apartar aquéllas y éste, ó sea las ideas y el pensamiento, de las condiciones y del ámbito de su propio nacimiento y desarrollo, es desfigurar su naturaleza y significado.

El tema de mi primer ensayo consistió en enseñar cómo la concepción materialista de la historia nació precisamente en dadas condiciones, es decir, no como personal y discutible opinión de dos escritores, sino como una nueva conquista del pensamiento por la inevitable sugestión de un nuevo mundo que ya se está engendrando, o sea la revolución proletaria. Lo que es como decir que una nueva situación histórica se ha completado con un congruo instrumento mental.

Imaginar ahora que esta producción intelectual podía confirmarse en cualquier tiempo y lugar, es como dar el absurdo por regla de las propias investigaciones. Transferir las ideas, a capricho, del terreno y de las condiciones históricas en que nacieron a cualquier otro terreno, es como si tornáramos por base del raciocinio el simple irracional». (Antonio Labriola; Del materialismo histórico, 1896)